La presidenta cumple su primer año con avances palpables, retos claros y un horizonte de esperanza para el sureste.
Un año ha pasado desde que Claudia Sheinbaum asumió la Presidencia de la República. Llegó con el reto de mantener vivo el proyecto de la Cuarta Transformación y, al mismo tiempo, imprimirle su propio sello. Hoy, el balance es alentador, aunque no exento de claroscuros.
Sheinbaum ha gobernado con un estilo distinto: menos estridente, más técnico, con decisiones basadas en diagnósticos y evidencias. Esa disciplina se refleja en la estabilidad económica que el país ha conservado, en la confianza de inversionistas y en la continuidad de programas sociales que han logrado atenuar desigualdades históricas. En comunidades rurales del sureste, las becas y apoyos al campo no son un discurso, son un alivio cotidiano.
Para Tabasco, su tierra política de origen, los resultados se sienten en dos frentes: la infraestructura y la energía. La presidenta ha apostado por consolidar proyectos como el Tren Maya, que aunque genera polémica, promete integrar la región al resto del país. También se ha impulsado la diversificación energética, clave para un estado que ha dependido por décadas del petróleo. La transición hacia energías limpias no será rápida, pero el mensaje es claro: el sureste ya no puede vivir solo del crudo.
Otro frente es el social. Tenosique y la frontera sur siguen siendo un corredor migratorio complejo. Aquí la presidenta ha mostrado sensibilidad, al buscar un equilibrio entre seguridad y derechos humanos. Sin embargo, el reto sigue abierto: falta coordinación con autoridades locales y mayor inversión en desarrollo regional para que la migración deje de ser vista solo como un problema y pueda convertirse en una oportunidad.
Los pendientes están a la vista. La inseguridad, aunque con avances en algunos rubros, sigue siendo la mayor preocupación ciudadana. En Tabasco, la extorsión y los robos a comercios son heridas abiertas que demandan una justicia más rápida y cercana. Y está también el gran interrogante: ¿los megaproyectos realmente se traducirán en empleos dignos y bienestar para los tabasqueños, o quedarán como vitrinas del desarrollo nacional?
El balance, no obstante, es positivo. Claudia Sheinbaum ha demostrado capacidad y oficio político, manteniendo la confianza en un país que exige resultados. Pero lo más importante es que, tras este primer año, México conserva la esperanza de que las cosas pueden mejorar.
Tabasco, con su energía, su riqueza natural y su gente trabajadora, tiene hoy la oportunidad de dejar atrás el papel de “patio trasero” y convertirse en protagonista del desarrollo nacional. Esa posibilidad está ahí, al alcance de la mano, si gobierno y sociedad caminan juntos.
Porque más allá de cifras y discursos, lo que está en juego es el futuro de nuestras familias. Y en ese horizonte, un México más justo, seguro y próspero no solo es posible: es el sueño que nos une y que hoy, con esfuerzo colectivo, comienza a construirse.










