- GOBIERNOS CIEGOS, DERROCHADORES E INEFICIENTES
La paciencia social puede encontrarse al límite y los gobiernos municipales no dan señal de estar enterados. Su actitud arrogante y sin conexión alguna con el verdadero pueblo les ha perdido. Confunden a los grupos organizados por ellos mismos con fines electorales con la gran masa ciudadana; grave error que está a punto de cobrar factura. El problema es que a final de cuentas a los gobernantes les afectaría poco, en cambio al pueblo le puede sumir en una crisis de medidas no calculadas.
¿Cómo aceptar y entender que sumido como está el país económicamente hablando, con graves deficiencias alimentarias, de salud, educativas, administrativas, no se diga en seguridad, y los gobiernos derrochando, mejor dicho, tirando los recursos públicos en eventos musicales y fiestas al por mayor tan inútiles, y en sus cabeceras municipales como en las comunidades todas hechas un desastre por mala planeación de obras y servicios?
Y por increíble que parezca no han tenidos los resultados en su primer año de gobierno y ya quieren reelegirse, están ciegos de poder ,creen que el pueblo es tonto y no se da cuenta de todos los atropellos que cometen , hacen negocios al amparo del poder ,todo lo hacen en familia, un claro ejemplo de nepotismo, y ejercen el poder arbitrariamente, hacen manejo de los recursos públicos como si fueran de ellos, quieren proveer todo lo que compre el ayuntamiento y en la obra pública también quieren hacerla ellos mismos con algún constructor que les preste el nombre.
Como dice la canción famosa: A donde vamos a parar con estos alcaldes.
En la política de México, como en muchos otros rincones del mundo, los alcaldes parecen perder la visión y el oído una vez ascienden al poder. No obstante, más que una enfermedad, esta “ceguera” parece una consecuencia inevitable de la ascensión al trono del Municipio. En el proceso, no solo pierden la capacidad de ver lo que ocurre en las calles y oír el clamor de los ciudadanos, sino que también se tornan sordos, ciegos y, en el peor de los casos, mudos ante sus propias promesas.
En las campañas electorales, los candidatos resplandecen como figuras iluminadas, hablando de justicia, equidad, progreso y un futuro brillante para la nación o su demarcación en el caso de alcaldes, regidores y congresistas. Prometen un camino recto, una política transparente y, sobre todo, una cercanía con el pueblo. La “revolución” que prometen nunca parece estar en duda, y la retórica de cambio se enuncia con tal fervor que se convierte en una especie de pacto divino entre el político y sus electores. Sin embargo, una vez dentro del poder, algo inexplicable ocurre: la política se transforma en un juego de apariencias donde la promesa de cambiar la vida de los ciudadanos se disuelve, dejando espacio a un cinismo descarado.
Este fenómeno no es exclusivo de la política mexicana, pero en ella se encuentra particularmente acentuado. Los gobernantes y funcionarios se vuelven inmunes a la crítica, blindados por un sistema de poder que les otorga la capacidad de ignorar a su pueblo. Las calles, la gente, las protestas, las demandas: todo se convierte en ruido lejano. El gobernante, ante su altar de poder, se aleja del mundo real, aceptando en su lugar un espejismo creado por las olas de la adulación y el miedo.
En México, el poder parece tener la capacidad de transformar al hombre del Municipio. Se olvida el origen, se olvida la promesa, y, sobre todo, se olvida la promesa que le dio forma al liderazgo. El acto de gobernar, que originalmente debería estar orientado a la satisfacción del bien común, se convierte en un acto de perpetuación del yo político. La ciudadanía, que antes fue el motor de su ascenso, ahora se convierte en un conjunto abstracto, inofensivo y sin voz, con cuya existencia se puede convivir con total indiferencia.
Si de algo sirve la política, es para transformar realidades, para devolver el poder al pueblo, para dotar a cada individuo de una voz que exprese sus quejas y alegrías. Pero cuando el gobernante se vuelve ajeno a estas necesidades, se torna ciego ante las problemáticas que siguen afectando a miles de dominicanos, sordo ante la creciente violencia y mudo ante las voces que claman por justicia, entre otras problemáticas que se ven lejanas a resolver. Esta transformación moral, ética y política del poder es una de las grandes tragedias de los sistemas democráticos. Porque la política, como sabemos, es esencialmente un pacto de confianza.










