viernes, julio 24, 2026
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OPINIÓN / COLUMNA DEL DIRECTOR / POR: JOSÉ MARTÍN RAMÍREZ PECH

El pragmatismo político: gobernar con la realidad, no con dogmas

En tiempos de polarización, discursos absolutos y promesas grandilocuentes, vale la pena volver a una pregunta esencial: ¿para qué sirve la política? La respuesta debería ser obvia, pero a menudo se pierde entre consignas ideológicas: la política sirve para resolver problemas reales y mejorar la vida de las personas. Desde esa lógica, el pragmatismo político no es una debilidad, sino una necesidad.

 El pragmatismo político parte de una idea sencilla: lo que importa no es la etiqueta ideológica de una decisión, sino su eficacia. Como afirmaba Deng Xiaoping, “no importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones”. En el ejercicio del poder público, esto significa que una política es válida cuando produce resultados concretos, cuando funciona y cuando responde a las necesidades sociales.

Gobernar de manera pragmática implica adaptarse a la realidad, leer correctamente el contexto y entender que las soluciones no siempre vienen de una sola trinchera. Supone diálogo, acuerdos y, en muchos casos, la capacidad de construir consensos con actores que piensan distinto. No se trata de renunciar a convicciones, sino de priorizar el bienestar colectivo por encima de la rigidez ideológica.

En la práctica, el pragmatismo coloca la acción por encima de la teoría. Una política pública no debe evaluarse por su pureza doctrinaria, sino por su impacto real: si reduce desigualdades, si mejora los servicios públicos, si fortalece las instituciones o si genera estabilidad social. Cuando una decisión cumple estos objetivos, demuestra su legitimidad.

Desde luego, el pragmatismo no está exento de críticas. Hay quienes lo interpretan como falta de principios o como una traición a los ideales partidistas. Y no sin razón: cuando se ejerce sin límites éticos, el pragmatismo puede degenerar en oportunismo y convertirse en una coartada para el abuso de poder o el beneficio personal. Por eso, el pragmatismo responsable debe estar acompañado de transparencia, rendición de cuentas y un compromiso firme con el interés público.

Hoy, cuando la ciudadanía exige resultados y no discursos, el pragmatismo político cobra mayor relevancia. Gobernar no es administrar ideologías, sino resolver problemas. No es profundizar divisiones, sino construir soluciones viables. En un país que demanda eficacia, honestidad y sentido común, hacer lo que funciona —con responsabilidad y ética— no es una concesión: es una obligación.

José Martín Ramírez Pech

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